Construida a la sombra de los muros de la gran mezquita de los Omeyas, el templo de Sayyeda Ruqayya brilla como corazón de la presencia iraní en la tierra donde se gestó la «gran tragedia» del chiismo. El símbolo de una alianza entre Teherán y Damasco que desafía a la propia historia del Islam y que se remonta a la convulsa década de los pasados 80, en la que ambos regímenes temían las ambiciones del entonces presidente iraquí Sadam Husein.