Durante muchos años, estrategas han debatido sobre si Turquía sería un «puente» o un «barranco» entre la Europa predominantemente cristiana y el Oriente Medio árabe-musulmán. Si Turquía fuera admitida en la Unión Europea, sería un puente que uniría a estos dos mundos. Si la mantuvieran fuera de la UE, podría convertirse en un barranco separando a ambos. Resulta que, en últimas fechas, Turquía no es ni puente ni barranco. Es una isla; una isla de estabilidad relativa entre dos grandes sistemas geopolíticos que se están rajando: la eurozona que fue creada después de la Guerra Fría y el sistema de estado árabe que empezó a existir después de la Primera Guerra Mundial se están despegando.