¨¡ Que los mártires resuciten, Jomeini ha regresado a Teherán!¨. Así escribía el 2 de febrero de 1979 en mi crónica sobre la triunfal llegada del Gran Atyatollah a la capital persa, en el apogeo de su revolución y pocos días antes de la proclamación de la república islámica. En el l inmenso cementerio de Beshet El Zahra, una muchedumbre enfebrecida, alzada sobre las humildes losas del inmenso camposanto chií, alabando mil veces el nombre de Allah, entonando versículos del Corán, celebraron con pasión, con entusiasmo, con histeria, el retorno del ayatollah tras su exilio en los suburbios de París.