Con el recuerdo remoto de Alí Babá, un tesoro -esta vez científico- acaba de abrir sus puertas entre campos de olivos a las afueras de Amán, la capital de Jordania. Se llama «Sésamo», un guiño a aquel leñador persa que halló la cueva de los cuarenta ladrones y también el acrónimo en inglés de «Sincrotrón de luz para ciencia experimental y aplicaciones en Oriente Medio». Un centro pionero en el turbulento mapa de la región que ha obrado el milagro: acoger bajo el mismo techo a iraníes, israelíes, palestinos, turcos o egipcios. Una inusual banda de científicos musulmanes, cristianos, judíos o ateos que practica la paz de los laboratorios en una tierra de intrincadas guerras e históricas rencillas diplomáticas.