En su tiempo, Jimmy Carter afirmaba que sólo el comportamiento externo de un régimen era materia de interés directo para los EE.UU. En consonancia con su conocida displicencia por las desgracias de los pueblos sometidos a dictaduras represivas, Carter definía así su desinterés por aquellos gobiernos que saqueaban y asesinaban a sus propios ciudadanos en el ámbito interno, y no pocos de sus socios europeos aplaudieron sus palabras a pesar que estas declaraciones pueden haber sido uno de los mayores dislates escuchados en el Salón Oval a lo largo de la historia de la política exterior estadounidense.