El papelón generado por una delegación uruguaya integrada entre otros, por dos diputadas uruguayas disfrazadas de islamitas, en ocasión de reunirse con el mandamás iraní, pronto será olvidado. A lo sumo persistirá por un corto tiempo la sensación de incomodidad -de vergüenza ajena- que afloró al vernos representados por compañeras legisladoras, ataviadas como cuervos complacientes.