Este es, hoy, el momento mágico de Egipto: ese breve respiro en el que un pueblo, agobiado por la prolongada, estéril y prepotente dominación de un régimen sin ideas, violento, pringoso de corrupción y autocomplacencia, cae bajo el peso de su pudrición y, al así hacerlo, abre la ventana a una vaharada de bienvenida esperanza y expectativa.