Todo comenzó en Túnez cuando Mohamed Bouazizi, joven recién licenciado, de la aldea Sidi Buzid, casi inexistente en la geografía de Túnez, recurriendo a la venta de su puesto callejero para subsistir, es visitado por una inspectora por casi décima vez y le confiscó su balanza de pesar la fruta. La informalidad es la regla general en Túnez, pero la burócrata aprovechaba la situación para extorsionarlo en cada oportunidad con 100 dólares y con eso le devolvía su balanza. Luego de papeleos burocráticos infructuosos y frustrantes, el joven que era el sostén de su casa, se inmola como acto desesperado. Es ingresado en el hospital de quemados de Ben Arus donde falleció.
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