Cuando la mañana comenzaba a asomar, un hombre de mediana edad irrumpió en el hospital de Brega, un pueblo costero de Libia. Preguntaba, con una mezcla de resignación e ira, el camino para llegar a la ciudad cercana de El Agheila. Las personas que se encontraban en el lugar trataron de persuadirlo para que no cumpliera su propósito, sabiendo de antemano que en su destino se encontraría indefectiblemente con las implacables tropas oficiales. Pero eso no parecía importarle. Su seguridad personal no era ya un problema. Hacía días que no sabía el paradero de su hijo, uno de los rebeldes que se había aventurado al frente de batalla. Sin muchas opciones, atinó a llamarlo frenéticamente a su teléfono móvil, pero nadie respondía. Y un día escuchó una voz del otro lado. Cuando preguntó por su hijo, un extraño le contestó con desdén «No, no soy tu hijo», y agregó, «si quieres ven a buscarlo a El Agheila. Ya no tiene cabeza».