«No me quedan personajes ficticios que mueran en mi lugar. Todos mis seudónimos, todos mis nombres de guerra han sido utilizados, dispersados por el desértico viento de la muerte. Se acabaron los Artigas, los Larrea y los Bustamante, se acabaron los fantasmas de carne y hueso que mandaba al sacrificio. Han cumplido su función, valientemente. Heme aquí solitario y desnudo ante la muerte. Elegirá su momento; yo estaré listo. A decir verdad, hace algún tiempo que lo estoy». Así escribía Jorge Semprún en 1998, en su libro Adiós, luz de veranos… Semprún, uno de los más grandes intelectuales de nuestro tiempo, autor de una obra literaria incomparable cincelada a partir de su experiencia personal, siempre fue muy consciente de que, a través de algunos de sus personajes, podía hablar de sus verdades más íntimas. Por eso, tampoco no dudaba en que esos personajes, a la vez heterónimos y álter ego, murieran a menudo en sus novelas: todas esas muertes ficticias, decía, «eran señuelos que enarbolaba ante el hocico del negro toro de mi propia muerte, la muerte a la que estoy desde siempre destinado». Pero ahora, desaparecido Semprún, ¿cómo hablar de él cuando ya no está aquí? ¿Cómo hablar de él, que nunca pensó que hubiera sobrevivido realmente a la muerte, o que la hubiera evitado, sino que había sido atravesado por ella?