Hace poco que adquirí el libro de Fawaz A. Gerges The far enemy: why jihad went global, pero hasta que acabe el Nomad de Ayaan Hirsi Ali no lo leeré. Pero reconozco que llego a él con algunas prevenciones, porque las tesis que Gerges plantea en los artículos que le he leído –algunos en La Vanguardia– me resultan tan llenas de datos como simples de análisis. Y no porque le falte razón al profesor de la London School en valorar el efecto bumerán que tienen las acciones militares occidentales en el cerebro de los militantes islamistas, sino porque reduce las raíces del yihadismo a una simple acción Occidente reacción islam. En línea con el simplismo de muchos análisis de la izquierda más cerril –que por suerte no es toda la izquierda–, Gerges achaca el radicalismo de los militantes «endógenos» (es decir, educados en Occidente) a la rabia que les producen las acciones militares occidentales en Iraq o Afganistán, o más recientemente en Pakistán. Por supuesto, coincido con Gerges en que Pakistán es la madre de todos los problemas, y que es en ese gran país donde se cuecen algunas de las organizaciones y las ideas más radicales de este fenómeno totalitario. Y no olvidemos que Bin Laden, responsable de miles de muertos, vivía felizmente allí, probablemente gracias a la enorme infiltración radical en los servicios de inteligencia de ese país amigo.