Dicen de Gadafi que tenía momentos místicos, imbuido del mesianismo propio de los dictadores. Era el león del desierto, el guía del pueblo, el líder supremo. Pero todo ello sólo significaba corrupción generalizada, represión brutal, financiación del terrorismo y asesinatos masivos. Es decir, el león del desierto no era más que un mad dog, un perro loco en la acepción feliz de Ronald Reagan, un burdo y vulgar tirano. Su muerte, émula de la que tuvieron otros grandes dictadores como Ceaucescu o Mussolini, fue tan violenta, brutal y sanguinaria como su propia vida, y así, de esa forma tan extraña, el dios del mal hizo su propia justicia. Participo del malestar de Lluís Foix, que en Can Cuní expresaba su rechazo a este tipo de ajusticiamientos que sólo dan la medida de lo que puede hacer el hombre cuando se convierte en masa.