Durante sus primeros años de existencia, las prioridades nacionales de Israel se centraron en asegurar su supervivencia, con lo cuál la seguridad fue un asunto prioritario, y en garantizar viabilidad y autosuficiencia, con lo cuál la economía fue una cuestión focal. Luego se encontraba el importante tema de la inmigración, la que dotaría de vitalidad a todo el emprendimiento nacional y afianzaría la presencia física del estado, especialmente a la luz de la asimetría poblacional vis-à-vis el mundo árabe circundante. Asociada a todas ellas estaba la cuestión del reconocimiento externo de la nación incipiente. Tal como ha explicado el autor Uri Bialer, sostener la defensa de la patria, absorber inmigrantes, forjar una economía pujante; todo ello requería de fondos, armas, personas, materias primas, y apoyo internacional. Las naciones del mundo podían asistir u obstruir el esfuerzo israelí política, económica y demográficamente. Como las fronteras del país al finalizar la guerra de 1948 eran más amplias que las estipuladas por el Plan de Partición de 1947, la obtención de legitimidad para esa nueva realidad por parte del estado judío era una necesidad crucial de su política exterior.
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