Cuando los egipcios acudan a las urnas para elegir al primer Parlamento libre después del derrocamiento de Mubarak, todas las miradas en casa y en el extranjero observarán atentamente la marca electoral obtenida por los Hermanos Musulmanes y su cuota de escaños parlamentarios. Mito y realidad se entrelazan en lo relativo a los Hermanos Musulmanes y las opiniones de la organización se polarizan según las perspectivas ideológicas correspondientes. Desde su creación por un carismático profesor de árabe y predicador de 22 años de edad llamado Hasan al Banna, en la ciudad de Ismailia, al este de El Cairo, los Hermanos Musulmanes han pasado de ser una organización orientada a los jóvenes a un movimiento político de amplia base social. En los años cuarenta, cincuenta y sesenta, los Hermanos Musulmanes se situaron en la semiclandestinidad. Su aparato secreto, una red paramilitar, perpetró asesinatos y ataques armados contra rivales políticos y civiles. Los sucesivos gobiernos egipcios reprimieron brutalmente a los Hermanos Musulmanes, lo que culminó en una campaña sistemática a cargo del presidente panárabe nacionalista Gamal Abdel Naser para desmantelar la organización y derrotarla. Miles de miembros de base fueron encarcelados y torturados y sus jefes ejecutados. Entre ellos, Sayyid Qutb que, después de su ejecución en 1966, se convirtió en el principal guía ideológico y teórico de los militantes islamistas, de tal modo que su figura ejerció una profunda influencia sobre Osama bin Laden y Ayman al Zauahiri.
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