Menospreciados por su respaldo electoral minoritario en Túnez, los salafíes han saltado a primer plano de la actualidad con la primera fase de las elecciones egipcias, como lo hicieran después del 11-S. Su identificación como ala extrema del espectro islamista es relativamente sencilla, y no solo por las barbas de chivo de sus candidatos con chilaba blanca o por el niqab de sus mujeres, marcando por este procedimiento las distancias con los Hermanos Musulmanes, del mismo modo que aquí lo hace la izquierda abertzale respecto del PNV.