Las poblaciones árabes han irrumpido este año en la historia del mundo. Varios siglos bajo la dominación otomana y europea, una descolonización zafia trazada por las potencias occidentales y la progresiva esclerosis del nacionalismo panarabista, que degeneró en una serie de regímenes tan opresivos como corruptos, habían convertido a los árabes en un paradigma de decadencia fatalista. En 2011 ha cambiado el viento. Los árabes sienten que su futuro depende de ellos mismos. La cadena de convulsiones conocida como primavera árabe está aún lejos de terminar y el renacimiento político, de momento marcado por el islamismo, se enfrenta a inmensas dificultades socioeconómicas. Pero la vehemencia con que millones de personas reclaman su derecho a la dignidad hace pensar que el fenómeno desembocará en unos sistemas más participativos que los que se derrumban ahora.
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