Es un axioma que se repite con frecuencia en la historia : una cosa es la ideología en la oposición, otra, muy diferente, es la confrontación de la ideología con la realidad cuando se llega al poder. En el caso de Egipto, no cabe duda de que los islamistas, virtuales ganadores de las elecciones (a pesar de acusaciones fundadas de casos de fraude electoral) se encontrarán con el gran dilema : aplicar su estricto programa religioso o aceptar que para recuperar sus ingresos de turismo, el país debe abrirse al mundo, con todas las consecuencias que esto puede acarrear. Al respecto, es claro que la Hermandad Musulmana difícilmente podrá entenderse con los más radicales salafistas. Ambos grupos fueron aliados en la clandestinidad durante el régimen de Mubarak y compartieron celdas en las prisiones del régimen derrocado. Pero ahora es evidente que el forzado pragmatismo de los Hermanos Musulmanes tenderá a chocar con la ortodoxia radical de los salafistas de Al Nour. Un ejemplo típico es el de Abdel Monem el Shahat, un prominente clérigo salafista y dirigente del partido Al Nour que describió a la antigua civilización egipcia como “podrida” y propuso tapar a las pirámides con cera por su parecido con los ídolos de la era pre-islámica. La Coalición Egipcia de apoyo al turismo emprendió una acción legal contra Shahat en nombre de las compañías turísticas, que se quejaron porque hubo muchas cancelaciones de viajes a Egipto en respuesta a esas declaraciones. Shahat fue candidato en la primera vuelta electoral pero perdió frente a un candidato de los Hermanos Musulmanes.
Ver nota completa