Hace unos días, en Al Qusayr (provincia de Homs, Siria), el cirujano Jacques Bérès (de 71 años) miraba una radiografía a contraluz. En ella se apreciaba perfectamente una bala incrustada en el cráneo de un hombre de unos 50 años herido por un francotirador de Basha Asad, ingresado en el hospital clandestino del pueblo. «Tiene mala pinta», decía, negando con la cabeza con gesto de impotencia.