No obstante el disloque producido por las notorias distancias geográficas y costumbristas a las que se vieron enfrentados en su nuevo hogar, Uruguay, mantuvieron vigentes no sólo el orgullo y la altivez de su cultura sefardí, pese a las dificultades económicas que debieron soportar todos ellos, como asimismo, su adhesión a la religión y a la ley mosaica. En la “Ciudad Vieja” de Montevideo, barrio próximo al puerto, por el cual ingresaron al país, de calle entonces de adoquines y de tránsito en sentido opuesto al actual, de casitas bajas de inquilinato con muchas piezas, generalmente, con dos grandes patios cubiertos por claraboyas, desde los años veinte y hasta pasados los años cincuenta, se fue generando en esa zona una peculiar Sefarad montevideana, al impulso del espíritu emprendedor de aquellos jóvenes inmigrantes judíos.
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