Pocos escritores han logrado que su nombre se convierta en adjetivo. El «panorama dantesco», la «quijotada» o aquel «homérico» que inmortalizara John Ford en su película El hombre tranquilo son de los pocos ejemplos que hay. La ya famosa «situación kafkiana» se agrega a esa selecta lista de inmortales. El adjetivo no es baladí, ya que, además de una literatura personalísima, define al mortífero y sofocante siglo XX. El proceso se publicó póstumamente como la mayoría de la obra de Kafka, gracias a Max Brod, amigo íntimo del escritor, quien, en contra de la voluntad del primero, no quemó los escritos de Kafka sino que los conservó y divulgó.