El hombre de larga barba ensortijada abre la puerta de madera protegida por una reja y que da a un piso amplio sobrecargado de muebles y espejos en Trípoli, al norte de Líbano. Viste de blanco hasta los zapatos, como corresponde a quienes se perciben santos, y ese color hace aún más prominente su abdomen. Ríe todo el tiempo. Habla casi sin parar con la actitud de quien se sabe que cuenta de antemano con todas las respuestas. Ocupa él solo un sillón de dos plazas. La historia de Omar Bakri Fustok es la de un fanático salafista oriundo de Siria, de 54 años, que debió dejar el Reino Unido en 2005 en medio de un publicitado choque con el gobierno británico entre otras razones por sus elogios encendidos a los autores de los atentados del 11-S y por la posible implicación de varios de sus discípulos en las bombas terroristas de Londres de julio de aquel año. “Nosotros no hacemos distinciones entre civiles y no civiles, inocentes o culpables, sólo entre musulmanes y no creyentes. La vida de un no creyente no tiene valor, no tiene santidad”, llegó a decir Bakri por entonces.
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