Ayer, 13 de mayo, se cumplieron 103 años de la muerte de Scholem Aleijem, a quien, si de algo podemos hacer responsable, además de hacernos pasar un buen rato con su sentido del humor típicamente judío, es de convertir lo que de manera despectiva se consideraba la jerga judía de Europa central y oriental, el yidis, en una lengua literaria. Una constante de su obra: el humor. Ante la ruina, los sinsabores, la enfermedad o la tristeza, optó siempre por el chiste como la mejor medicina, enseñando al pueblo judío a reírse de sus propias desgracias como si fuesen ajenas. «Que mi nombre sea mencionado con una sonrisa, o que no sea recordado».