Aquel 1 de septiembre de 1939, a eso de las cinco menos cuarto de la madrugada, un despreocupado guardia de fronteras se convirtió en el primer testigo del comienzo de la Segunda Guerra Mundial cuando, al salir de su puesto de control, se dio de bruces con decenas de soldados germanos. Sin mediar palabra, estos le arrojaron al suelo y levantaron (como quedó inmortalizado en una de las instantáneas más famosas de la historia) la barrera que separaba la frontera polaca de la alemana. Tras ellos entraron las divisiones Panzer del Tercer Reich en territorio enemigo. Lo que no sabían esos combatientes es que, junto con aquella valla, acababan de abrir también la puerta a un conflicto que se cobró la vida de entre 50 y 80 millones de personas. Casi un diez por ciento de ellas, asesinadas en los campos de concentración organizados por Adolf Hitler bajo el tétrico paraguas de la «Solución Final» (la aniquilación sistemática del pueblo judío).