Las ciudades conservan la memoria de quienes las habitaron, y Damasco no es una excepción. En el sur de la Ciudad Vieja, la calle principal y sus ramales que se extienden sobre el mercado Ibn Asaker llevan oficialmente el nombre de barrio Al-Amin. Sin embargo, entre los damascenos, especialmente los de mayor edad, el lugar sigue siendo conocido por su antigua denominación: el barrio judío.
Este nombre remite a una memoria colectiva ligada a una comunidad que, con el paso del tiempo, fue abandonando la ciudad. Permanecen las casas antiguas, un valioso legado arquitectónico y cultural, algunas mujeres de edad avanzada y un conjunto de relatos y leyendas populares que reconstruyen aspectos de una vida comunitaria marcada por la reserva y el aislamiento, antes de desaparecer casi por completo del paisaje urbano de la capital siria.
Durante siglos, los judíos formaron parte inseparable del tejido social sirio. Tras la conquista islámica, convivieron con cristianos bajo un sistema que les permitía practicar su religión, administrar sus asuntos internos y dedicarse a la artesanía y al comercio, pese a las restricciones legales y sociales propias de la época.
Raíces profundamente arraigadas en la historia
A lo largo de más de dos mil años, los judíos de Damasco y Alepo constituyeron un componente fundamental de la sociedad siria, dejando una huella significativa en la historia comercial, religiosa y cultural de la región. Fuentes históricas señalaron que la presencia judía en Siria se remonta al período babilónico, cuando grupos de judíos fueron trasladados a la región tras el cautiverio de Babilonia en el siglo VI a. C.
Ciudades como Damasco y Alepo ofrecieron un entorno propicio para el asentamiento, especialmente durante los períodos de relativa tolerancia religiosa en los primeros siglos del Islam, lo que permitió a estas comunidades prosperar en el comercio y la artesanía, y establecer amplias redes económicas.
Alepo y Damasco, centros del mundo judío sirio
Alepo se consolidó históricamente como un eje clave del comercio internacional entre Oriente y Occidente, atrayendo a comunidades judías procedentes de Irak, Irán y Anatolia. Con el paso del tiempo, su comunidad judía se convirtió en una de las más organizadas y prósperas de Oriente Medio.
Uno de los símbolos más destacados de este auge fue la Gran Sinagoga de Alepo, que durante siglos custodió el Códice de Alepo, la copia más antigua y precisa conocida de la Torá hebrea. El investigador Hassan al-Khatib señaló en su obra Las transformaciones estructurales de los judíos sirios en el siglo XIX que la población judía de Alepo alcanzó aproximadamente los 10.000 habitantes.
Los judíos alepinos eran conocidos por su actividad en el comercio de textiles, seda y oro, así como por su énfasis en la educación multilingüe de sus hijos, lo que les facilitó el acceso a los mercados europeos y otomanos. El historiador Mahmoud Hariti indicó en su libro Historia de los judíos en Alepo que, en 1928, durante el Mandato Francés, “se establecieron ocho bancos locales y extranjeros en los principales caravasares de Alepo y en el mercado de aduanas, junto con trece cambistas, la mayoría judíos”. Añade que la élite judía controlaba los principales centros del comercio internacional, además de actividades de intermediación y especulación de precios.
En Damasco, la comunidad judía figuraba entre las más antiguas de la ciudad. Se concentraba en varios barrios, en especial Jobar, donde se ubicaba una sinagoga considerada una de las más antiguas del mundo, con orígenes que se remontan al 720 a. C. Este templo volvió a ocupar un lugar central durante los años de guerra, tras el saqueo de su contenido en 2014 en circunstancias no esclarecidas, episodio que dio lugar a acusaciones cruzadas entre las partes enfrentadas y a posteriores llamados internacionales para su restauración.
Según Youssef Naisa, el autor de “Los judíos de Damasco“, la comunidad judía de la capital oscilaba entre 10.000 y 15.000 personas a comienzos del siglo XX. Residían principalmente dentro de las murallas de la ciudad, en las zonas oriental, sudoriental y norte, con su mayor concentración en Harat al-Yahud, el barrio judío.
Declive, restricciones y éxodo
Fuentes fiables estimaron que la población judía en Siria alcanzaba los 15.000 habitantes en 1947, cifra que descendió a unos 5.300 en 1957. Tras 1948, se impusieron severas restricciones, entre ellas la prohibición de vender propiedades, la congelación de cuentas bancarias y la limitación de la libertad de movimiento. En la década de 1960, las medidas se endurecieron con una vigilancia de seguridad más estricta, restricciones para salir de las ciudades, censura de correspondencia y reducción del acceso a la educación.
A finales de esa década, solo permanecían en el país unos 4.000 judíos. Con el agravamiento de las tensiones políticas, las guerras y el conflicto árabe-israelí, la presencia judía se fue diluyendo, especialmente después de que el ex régimen de Hafez Al-Asad permitiera la emigración entre 1992 y 1994.
Hoy, únicamente el patrimonio material, los manuscritos históricos y un reducido número de ancianos dan testimonio de una historia que se extiende por más de dos milenios.
Damasco tras Al-Asad: la memoria reaparece
Desde la caída del depuesto régimen el 8 de diciembre de 2024, se han multiplicado las apariciones de judíos sirios en la capital. Entre los acontecimientos más destacados figura la oración encabezada por el rabino sirio-estadounidense Henry Hamra, director de la Fundación para el Patrimonio Judío en Siria, en la histórica Sinagoga de los Francos, en la antigua Damasco.
Beit Lazbouna, testimonio de una época
Beit Lazbouna, también conocido como la Casa de Lisboa, figura entre las mansiones más importantes de los judíos de Damasco y destaca como una de las casas damascenas antiguas más bellas, construida a comienzos del siglo XIX. Su nombre proviene de su propietario, el acaudalado Meir ben Yosef Lazbouna.
La historia de la familia Lazbouna se entrelaza con la de la Inquisición española, establecida en 1478, y la portuguesa en 1536, bajo el reinado de Juan III, cuyo objetivo era forzar la conversión al cristianismo y perseguir a musulmanes y judíos.
Entre 1609 y 1610, los reyes de Castilla llevaron a cabo expulsiones masivas que afectaron al menos a 250.000 personas, enviadas a países musulmanes como Túnez y Marruecos, así como a otros territorios cristianos.
La familia Lazbouna huyó de Andalucía hacia Estambul, bajo dominio otomano, antes de establecerse definitivamente en Damasco, entonces conocida como al-Sham al-Sharif, integrándose en su historia social y arquitectónica.
Para los damascenos, la historia de la comunidad judía no se percibe como un relato ajeno, sino como parte inseparable de la memoria viva de la ciudad. Las callejuelas de la Ciudad Vieja, las casas con patios interiores y los mercados compartidos evocan una convivencia cotidiana en la que musulmanes, cristianos y judíos entrelazaron sus vidas durante siglos, más allá de las diferencias religiosas. Esa coexistencia, marcada por la cercanía social y el respeto mutuo, sigue presente en el imaginario colectivo de la capital siria como un modelo de diversidad arraigada y natural.