El raid terrorista que
dejó 17 muertos en París quizás ayude a la izquierda latinoamericana a
reflexionar sobre el carácter ultra-reaccionario de los grupos fundamentalistas
islámicos, ya que lejos de atacar intervenciones imperialistas o a grupos racistas
europeos fueron a masacrar a quienes encarnan lo mejor de la herencia cultural
de la Revolución Francesa y de la Ilustración. “Tal vez la sangre de los
caricaturistas franceses ayude a colocar a estos grupos, ideologías y prácticas
en el lugar que deberían ocupar en un genuino análisis de izquierda: en la más
indiscutible expresión de la derecha fascista. Si fuese necesario otro elemento
para descartar cualquier presunta conexión con una ‘lucha de liberación’, la
toma del supermercado de productos kasher el día posterior es contundente”,
afirma el autor.
El fusilamiento de parte
de la redacción de semanario satírico francés Charlie Hebdo por parte de
comandos islámicos constituye un hecho de barbarie con múltiples resonancias.
En primer lugar, es la consumación
de una serie de amenazas contra la publicación basadas en la idea de que “se
ofende al Islam“, cuando en realidad la revista ridiculiza a los trogloditas
que pretenden imponer a propios y extraños una versión retrógrada de dicha
religión.
La publicación se ha
caracterizado históricamente por su irreverencia para tratar diversos temas de
actualidad, burlándose de políticos y religiosos desde una perspectiva laica y
progresista.
Pero no se trata de un
problema entre “el Islam” y “Occidente”
En realidad, la
propensión al asesinato está presente en toda corriente fundamentalista, que
por auto-definición se siente portadora de una verdad sagrada que debe ser
impuesta.
Han sido fundamentalistas
cristianos los que han tiroteado -y asesinado- a médicos y enfermeras que
trabajaban en centros públicos norteamericanos, dedicados a la realización de
abortos de acuerdo a prácticas seguras. Su interpretación de la Biblia los
autorizaba al asesinato. Fundamentalistas judíos, como Baruj Goldstein,
perpetraron la masacre en la Tumba de Raquel, o como el fanático Igal Amir, que
asesinó al primer ministro israelí Itzjak Rabin. En este caso, la Torá
interpretada por ellos los animaba al crimen.
En este episodio
sangriento, la saña criminal parece bien organizada. Es evidente que hubo
tareas de inteligencia previas y cierta infraestructura para permitir la
operación. Y es claro que hay un núcleo de poderosos integristas fanáticos que
apoya, y financia, estos crímenes. Es importante recordar que buena parte de
los fondos que sostienen a diversas organizaciones fundamentalistas islámicas
en todo el mundo, provienen de países petroleros del Golfo Pérsico, algunos
estrechamente ligados a los Estados Unidos.
Lamentablemente en
América Latina y en especial en los sectores progresistas y de izquierda, no se
entiende el fenómeno fundamentalista. En general se lo trata de reducir a una
variante de tercermundismo, que si bien tendría algunas prácticas “extrañas”,
encarna una lucha básicamente justa, porque “lucha contra el imperialismo” o
“el sionismo”. La masacre de Charlie Hebdo quizás ayude a reflexionar sobre el
carácter ultra-reaccionario de estos grupos. No apuntaron a objetivos políticos
militares que podrían ser identificados con las intervenciones imperialistas en
África o Asia, o a grupos racistas europeos que hostigan sistemáticamente a la
población europea de esos orígenes. Fueron a masacrar a quienes encarnan lo
mejor de la herencia cultural de la Revolución Francesa y de la Ilustración, a
las que odian tanto como lo hicieron los fascistas de todas las épocas.
Asesinaron a intelectuales críticos que seguramente defenderían con más
convicción que otros los derechos de las minorías culturales y los valores
igualitarios en la sociedad francesa. Derechos que incluyen, también, el
derecho a no ser sometidos a la compulsión religiosa y a prácticas denigrantes
de la dignidad personal, basadas en interpretaciones arbitrarias de la fe.
Hay quienes prefieren no
ver esta lógica política reaccionaria, y buscan interpretar los hechos como un
reflejo -en última instancia justiciero- de castigar a los occidentales por lo
que “les hacen” a los musulmanes. Pero para poder sostener el argumento, deben
aceptar que, si se asesina a trabajadores intelectuales por las decisiones
expansionistas que tomó la cúpula del poder occidental (el G7, la OTAN), es
porque se ha aplicado el criterio del castigo colectivo. O, expresado en
términos más tribales, “cualquiera de tu lado pagará por lo que alguno de los
tuyos le hizo a cualquiera de mi lado”. Esa forma de razonar arcaica nos remite
a las épocas de las cavernas, y en el siglo XXI es universalmente reaccionaria,
sea quien fuera que la aplique.
Los neo-conservadores
norteamericanos, antes y durante su época de gloria y poder durante la gestión
de George W. Bush, se ocuparon de crear el clima ideológico de cruzada militar
contra varios países árabes. Así, acuñaron el término “islamo-fascismo”, para
encubrir sus aventuras militares-comerciales con la pátina de la lucha de la
democracia contra el autoritarismo. Mientras en la práctica Estados Unidos se
ocupaba de desestabilizar a gobiernos árabes laicos (Irak, Libia, Siria), en el
campo ideológico había planteado un eje de conflicto imaginario que intentaba
remedar los viejos días de confrontación de la Segunda Guerra Mundial, entre
las potencias democráticas y el Eje.
Sin embargo, si a algo se
le puede aplicar con propiedad el término “islamo-fascismo” es precisamente a
este acto de salvajismo, que nada tiene que envidiarle a las prácticas de
amedrentamiento de las hordas de Mussolini antes del asalto al poder, o a los
nazis antes y después de la llegada de Hitler a la Cancillería alemana en 1933.
Se ha señalado
correctamente, en numerosos artículos, la responsabilidad norteamericana en la
potenciación del fenómeno fundamentalista. También en el caso israelí ha habido
responsabilidad en el estímulo al crecimiento del grupo Hamas, para debilitar a
la entonces poderosa OLP. Esto es tan cierto, como el hecho que estos grupos se
han autonomizado y logrado sus propias fuentes de financiamiento,
reclutamiento, adoctrinamiento, entrenamiento, y organización.
La problemática que
plantea la matanza de París no se agota señalando la responsabilidad
norteamericana, u occidental, porque estamos ante una amenaza en sí misma, en
especial para los humanistas que creemos en la fraternidad entre los pueblos.
Se trata de la dialéctica del embrutecimiento ideológico y cultural que generan
este tipo de prácticas, del empobrecimiento y la degradación de la vida social,
de la instalación de cuestiones étnico-religiosas donde se debería estar
discutiendo mancomunadamente el rumbo inhumano de la globalización.
La dificultad de cierta
izquierda latinoamericana para entender este particular tipo de fascismo, es
del mismo orden que la miopía que le impide advertir el significado de que en
la Carta Fundacional de Hamas aparezcan citas del libelo antisemita -escrito
por los servicios secretos zaristas- “Los Protocolos de los Sabios de Sión”.
Para una mirada en parte superficial, en parte ignorante, las alusiones
grotescamente antijudías serían meras extravagancias, o pintoresquismos, de
quienes luchan por la liberación. Tal vez la sangre de los caricaturistas
franceses ayude a colocar a estos grupos, ideologías y prácticas en el lugar
que deberían ocupar en un genuino análisis de izquierda: en la más indiscutible
expresión de la derecha fascista. Si fuese necesario otro elemento para
descartar cualquier presunta conexión con una “lucha de liberación”, la toma
del supermercado de productos kasher el día posterior es contundente. Allí
simplemente se eligió un lugar especialmente apto para cazar y matar judíos,
por el sólo hecho de serlo. ¿Qué diferencia hay entre este ataque racista y las
bombas incendiarias que arrojan los neo-nazis actuales a los refugios de
familias turcas en Alemania, por el sólo hecho de ser turcos? Ninguna praxis
emancipadora puede asociarse con semejantes hechos criminales.
¿Qué premio más grande
podía conseguir el Frente Nacional de Marine Le Pen, que este brutal ataque
perpetrado por ciudadanos franceses de origen árabe? ¿Qué mayor espaldarazo
podía lograr el creciente movimiento racista alemán que este acto aberrante?
Hasta el boicoteador supremo del proceso de paz entre israelíes y palestinos,
Benjamín Netaniahu, se atrevió a tratar de capitalizar la repulsa general para
intentar debilitar el creciente apoyo europeo al surgimiento de un Estado
palestino…
Los pacifistas de Medio
Oriente conocen largamente este fenómeno: la derecha de un lado alimenta y
potencia a la derecha del otro. Los belicistas –supuestamente acérrimos
enemigos- son verdaderos aliados tácticos, hasta que logran enviar a sus
respectivos pueblos a la masacre, en pos de la inalcanzable “victoria final”.
La carnicería de la
redacción de Charlie Hebdo es una clara acción de la ultra derecha islámica que
favorece a la ultra derecha europea. Negocio perfecto: más racismo, más
resentimiento, más reclutas para nuevas masacres. Gran negocio también para la
extrema derecha europea: ahora resulta que la falta de porvenir en la región no
surge de las políticas implementadas por los personeros del gran capital que
gobierna la UE, sino de los turcos, argelinos, marroquíes, paquistaníes y
gitanos, que “ensucian” la bella realidad europea.
En el camino queda el
retroceso civilizatorio provocado por esta nueva barbarie y los cuerpos de
valiosos creativos y periodistas franceses. También la esperanza y el
compromiso de mantener vivo y activo el pensamiento crítico, en un mundo
corrido cada vez más a la derecha.
Charlie Hebdo: fascismo y asesinato
14/Ene/2015
Nueva Sión, Ricardo Aronskind