Aunque en el discurso del líder palestino se perciben notas de real sinceridad, otras señales son inquietantes. Con una firma mágica se pretende cortar el nudo de intereses más inextricable del planeta. ¿Esto es serio? En toda mi vida he dejado -aunque solo fuese apadrinando el plan israelo-palestino de Ginebra y acogiendo en París, en 2003, a Yossi Beilin y Yasser Abed Rabbo, sus principales autores- de decir una y otra vez que es la única solución conforme tanto a la moral como a la causa de la paz. Hoy, sin embargo, soy hostil a la extraña demanda de reconocimiento unilateral que debe discutirse próximamente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, en Nueva York, y me siento en la obligación de explicar por qué.