EL PROYECTO LÁZARO entrelaza dos historias: una de comienzos del siglo XX y otra de comienzos del XXI. En ambas se cruza el océano y se dibuja el abismo infranqueable que separa a lo norteamericano de lo extranjero. Esa, podría decirse, es la verdad más obvia, y esa obviedad es el punto más flaco del libro. Abre el relato un narrador en primera persona, con una confesión: «El tiempo y el espacio son las únicas cosas de las que estoy seguro: dos de marzo de 1908, Chicago». Ese día un jovencísimo inmigrante de origen judío muere en el recibidor de la casa del jefe de policía de Chicago, ultimado a tiros por éste. Claro que esto lo cuenta un narrador omnisciente en tercera persona.