La noche anterior a que su cuerpo ardiera frente al edificio de la intendencia de Sidi Bouzid, en Túnez, Mohamed Bouazizi se endeudó con el fin de comprar mercadería para su puesto de fruta y verdura ambulante, su única fuente de ingresos. No era mucho lo que ganaba por día, apenas unos 5 dólares, pero con ello mantenía a su madre, su tío y sus cinco hermanos, y pagaba la universidad de una de sus hermanas. Aunque de él se dijo que era un ingeniero desempleado, lo cierto es que a Bouazizi no le quedó más opción que dejar de estudiar a los 18 años y, tras ser rechazado en el Ejército y en otros trabajos, comenzó a vender fruta de forma ambulante. Atrás habían quedado sus sueños de acceder a la universidad; al momento de su muerte, a los 26 años, su mayor sueño consistía en comprarse una camioneta para dejar de andar kilómetros empujando el carro.