Había una vez un barco de lujo, orgullo de sus constructores, que se hundió en aguas heladas, llevándose miles de vidas. Fue la mayor tragedia naval de la historia, según lo recuerdan investigadores, películas y libros. Sin embargo, no se trata del Titanic, perdido (y luego encontrado) en el fondo del Atlántico desde hace hoy exactamente cien años, sino de un navío alemán desaparecido en 1945, un desastre equivalente a seis Titanic, cuya desventura es poco conocida fuera de Alemania y Rusia. Si el transatlántico más famoso del mundo es considerado una parábola sobre la soberbia humana, con un buque presuntamente insumergible que se hunde en su primer viaje tras chocar con un iceberg, el Wilhelm Gustloff podría ser un símbolo del drama de la II Guerra Mundial: la ambición delirante de Hitler, el pánico alemán ante la derrota, el deseo de venganza de los soviéticos, la pérdida de vidas más allá de cualquier contabilidad, incluso el silencio posterior, pues fue un desastre sufrido por el bando derrotado. Hasta el propio nombre del barco reclama el desprecio, porque representaba un homenaje a un líder nazi.
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