Pasaron 13 años entre el descreimiento total y la confianza absoluta. Entre la resistencia feroz y el sueño cumplido. Becky Sabah lo cuenta con la claridad del que fue testigo y protagonista a la vez. En 1998, cuando entró a la Comunidad Israelita del Uruguay (o «Kehilá») para dirigir la recién abierta Área de Discapacidad, los primeros tiempos fueron cualquier cosa menos fáciles. La idea era abrir un espacio cultural especialmente dirigido a discapacitados. Con el objetivo de hallar interesados, se solicitó entre instituciones judías que enviaran datos de todas las personas con discapacidad -ya sea física, intelectual o psíquica- que conocieran. Becky se ocupó de llamar por teléfono a cada contacto que llegaba. Las primeras respuestas frente a la oportunidad de tener un espacio propio y estimulante pensado para ellos eran siempre igual… de negativas. «¡¿Quién denunció que en esta casa hay un discapacitado?!», recriminaban. «Denunció». Como si la palabra fuera una acusación. Pero a la psicóloga Sabah nadie le tiene que explicar lo que se siente ser discapacitado: ella es cuadripléjica desde niña.