Los “indignados” de Israel son la novedad política de los últimos meses. Una lectura ligera de los hechos tiende a asociarlos con las movilizaciones en la región. Se supone que los sirios, los egipcios o los libios tienen razones para luchar contra sus déspotas locales. La misma razón no existiría en Israel donde sus gobernantes son seleccionados en elecciones libres y periódicas, en tanto que la calidad de vida de su población está muy por encima de las explotadas y hambreadas masas árabes. Pero no concluyen allí las diferencias. En los países árabes las movilizaciones contra los gobiernos se pagan con la muerte. En Israel, los manifestantes no han sido molestados ni con la caricia de una pluma. En Siria -por ejemplo- el número de muertos supera las dos mil personas; en Israel, los dirigentes de la movilización son recibidos por el presidente Simón Peres. Nada de ello impide, sin embargo, que el embajador sirio en la Argentina y uno de los representantes de esa comunidad califiquen a Israel de Estado terrorista. Y que sus pares españoles califiquen a los manifestantes de colonizadores, frívolos, apolíticos y superficiales.