Los festejos por la caída de dictadores perdurables en el mundo árabe son atemperados por la incertidumbre y los obstáculos para reemplazarlos con democracias ordenadas, en países que solo han conocido gobiernos absolutistas desde que dejaron de ser colonias de potencias europeas. Las perspectivas en Libia luego del colapso del régimen de Muammar Gadafi ensombrecen la primavera árabe con los mismos nubarrones que siguieron al triunfo de los levantamientos populares en cadena, primero en Egipto hace ocho meses y rápidamente propagados a otros países de la región. Diferencias religiosas, tribales y entre elites sofisticadas y masas atrasadas siguen postergando un ordenamiento institucional estable.