Uno menos en el mapa. Aunque tardío, Khadafi fue el mejor abanderado de Occidente, el más solícito, el que hizo y deshizo a su antojo en cuanta capital Europa visitó. Lo dejaron reprimir a ultranza y exhibir sus excentricidades vacías mientras tuviera las cuentas al día con el FMI, dejara abiertos los portones de la explotación petrolera y de las inversiones, y combatiera a Al Qaida. Al igual que el tunecino Ben Ali y el egipcio Mubarak, Khadafi fue un amigo fiel de las grandes potencias. También fue el eterno escarapelado de una izquierda que lo siguió viendo como un emblema del antiimperialismo cuando el hábil dictador era ya, desde hacía mucho, un obediente soldado del capitalismo, un inversor voraz cuyos capitales circulaban en los mismos circuitos que su socialismo sangriento combatía con palabras. Seis meses después de la insurrección que se desató en la localidad libia de Benghazi luego del arresto del militante por los derechos humanos Fethi Tarbel, el coronel siguió los pasos de Ben Ali y Mubarak.
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