Los anima un espíritu común, se saben de pronto distintos a los demás, y empiezan a operar en el orden superior de las gestas gloriosas. Un buen día llega el momento y toca proceder. Es lo que les ha pasado a los muchachos que, en Barcelona y Cambrils, se lanzaron contra sus semejantes con el loco afán de provocar la mayor destrucción posible. Se habían preparado para hacerlo, lo hicieron.