Ante los ojos de un uruguayo anclado en París por varios días luego de los cruentos ataques de terroristas islámicos, se abre un escenario tan inquietante como multifacético. Cuesta creer que la capital francesa, aunque no haya perdido sus encantos sea ahora un sitio donde la gente evita aglomeraciones, las tiendas exigen ver qué hay dentro de la cartera de sus clientes, las terrazas de los cafés exhiben escasos comensales y las guardias policiales y militares transitan ubicuas, con ametralladoras y perros ovejeros alemanes curiosamente calzados con zapatitos protectores.