La sonrisa de Nasrin Sotudeh desborda su cuerpo menudo. Aún no hace tres meses que esta abogada y defensora de los derechos humanosiraní ha recuperado la libertad y da la impresión de disfrutar cada minuto. “Me encuentro muy bien”, asegura mientras se pone el pañuelo para las fotos. Su entusiasmo resulta contagioso y, sin embargo, su situación no está clara. Todavía pesa sobre ella la inhabilitación para ejercer y la prohibición de viajar fuera del país. Los más conservadores quieren incluso impedir que una delegación del Parlamento Europeo se reúna mañana con ella y con el director de cine Jafar Panahí. Han recibido amenazas.