La divisoria entre Siria e Irak está hoy virtualmente desaparecida como consecuencia de la guerra que libra una organización suní de islamismo extremo, el Estado islámico (EI), contra Bagdad y Damasco; la frontera de Líbano con Siria es un coladero para que Hezbolá combata junto a las fuerzas de Bachar el Asad a una gran variedad de insurrectos; estos últimos, islamistas o no tanto, atraviesan a su antojo la frontera entre Siria y Turquía, para recibir apoyo logístico de Ankara; y, por último, existen ya de hecho unas nuevas fronteras, las del Estado kurdo, con capital en Erbil, que exporta su propio crudo, tiene Ejército —los peshmergas—, y gobierna administrativamente el llamado Kurdistán iraquí.