Hablemos del Estado Islámico y concedamos que hay circunstancias en las que solo aparentemente es fácil distinguir la frontera que separa al bien del mal
Hablemos del Estado Islámico y concedamos que hay circunstancias en las que solo aparentemente es fácil distinguir la frontera que separa al bien del mal
El mundo observa desde hace meses el cruento fenómeno conocido hoy como el Estado Islámico -que ha ido variando de nombres- , ve los rehenes degollados, la terrible crueldad demostrada ya repetidamente por su gente y teme que fundamentalistas islámicos que son ciudadanos en países occidentales vuelvan a sus lugares de origen decididos a perpetrar atentados. La imagen es de una organización temible y desenfrenada. Y esta imagen está bien fundamentada.
El Estado Islámico (EI) mantiene como rehenes a cientos de miembros de la minoría yazidí en Irak, los cuales ha forzado a convertirse al islam y a las mujeres a casarse con los jihadistas, denunció Human Rights Watch (HRW).
Con la irrupción del Estado Islámico en tierras de Siria e Irak, el mundo ha asistido incrédulo a una violencia y crueldad inusitadas, observando en vivo y en directo las espeluznantes escenas de decapitaciones, violaciones de infieles al islam, lapidaciones de adúlteras, crucifixión de cristianos, terrorismo suicida, etcétera. Es difícil desentrañar el motivo por el cual las atrocidades cometidas por el califato despiertan menos sensibilidad y preocupación en la gente, los políticos e importantes medios de comunicación, que la última guerra de Gaza.