Los mensajes fueron dejados en los buzones de varias familias. Les avisan que serán decapitados «en nombre de Alá» si no se convierten al islamismo y agregan: «Vamos a bombardear sus cadáveres podridos».
Los mensajes fueron dejados en los buzones de varias familias. Les avisan que serán decapitados «en nombre de Alá» si no se convierten al islamismo y agregan: «Vamos a bombardear sus cadáveres podridos».
“Las artes y la cultura son más fuertes que el odio”, proclamó el director de cine franco-marroquí Nabil Ayouch desde el estrado tras recibir el premio del público de las Jornadas Cinematográficas de Cartago, uno de los festivales más importantes de África, por su última obra: Much Loved, sobre la prostitución en Marraquech. Sus palabras fueron acogidas con una ovación por un público aún conmocionado. Túnez se encontraba en estado de emergencia y bajo el toque de queda desde el atentado terrorista ocurrido cuatro días antes, en el corazón de la capital, y que segó la vida de 12 agentes de la Guardia Presidencial.
Cuando tratan de explicar el porqué de la violencia de los fanáticos, los musulmanes pacíficos rechazan que los terroristas sean creyentes y aseguran que no siguen el Corán. “Islam es paz”, repiten, mientras en nombre de esa religión hay personas matando y matándose incansablemente 1436 años desde la Hégira.
Son decenas de miles, de ahí que aunque el grupo Estado Islámico (EI) sea derrotado, los extranjeros curtidos en la guerra santa y formados en sus filas representarán una amenaza para el mundo a largo plazo, estiman los expertos.