A fines de los años setenta, la izquierda radical entró en crisis. En Europa, las Brigadas Rojas intentaban la experiencia de la lucha armada en el Primer Mundo; en Camboya, la revolución de los Jemeres Rojos se saldaba con tres millones de muertos. En ese contexto, algunos intelectuales de izquierda empezaron a buscar un nuevo marco de pensamiento. Libro clave de esa búsqueda fue La barbarie con rostro humano (1977), de Bernard-Henri Lévy. Entre la lluvia de críticas que recibió aquella denuncia del optimismo filosófico, que justificaba todos los crímenes en nombre del paraíso socialista futuro, una voz afín, la de Michel Foucault, sintetizó: “Lo que se ha vuelto problemático hoy”, dijo el autor de Vigilar y Castigar, “es lo deseable mismo de la Revolución”. Bernard-Henri Lévy retoma ahora esa discusión con L’Esprit du judaïsme (El Espíritu del judaísmo), su último libro, que aborda un hecho quizá sorprendente, pero bien documentado: para muchos, el pensamiento judío –más allá de la práctica religiosa del judaísmo o de la fe en un Dios– operó como un antídoto contra la concepción totalitaria de la Historia.
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