A un año de la muerte de Philip Roth (1933-2018), después de que los últimos detalles sobre su vida íntima se transformaran en un inesperado éxito literario y que su departamento en el Upper West Side de Manhattan se convirtiera en la versión grotesca de un museo en el cual espiar las pantuflas y el Pulitzer que ganó por Pastoral americana (1997), lo que ha perdurado sin interferencias son las pruebas de su talento como escritor. ¿Y acaso podría haber sido de otra manera? En las palabras de despedida que le dedicó su amigo rumano Norman Manea, a quien conoció de viaje por los países del este de Europa durante la existencia de la Unión Soviética, el de Roth era ese tipo de talento que se sostenía bajo el credo de que nada, sin importar la circunstancia, debería impedir el ejercicio libre la libertad creativa y la libertad personal fundamental «que desafía y supera a los archienemigos de la creatividad».