El estreno de la película sobre el Holocausto ‘El hijo de Saúl’, Gran Premio del Jurado de Cannes, reabre el debate sobre los límites en la representación de matanzas y genocidios. Es probable que ninguna prohibición cultural tenga por qué ser respetada más allá de cierto tiempo posterior al fenómeno, sin duda horrible, que la ha engendrado. La excepción a esto sería la ruptura simbólica del quinto mandamiento de Moisés y de los dos tabúes mayores de la civilización —el parricidio y el incesto—. Por ruptura simbólica habría que entender una apología, más que nada estética, de la matanza de nuestros semejantes, de las relaciones incestuosas o del asesinato del padre. Esto no quiere decir que las artes y el pensamiento se abstengan de reflexionar sobre esos crímenes o de representarlos. Más bien lo contrario. La poesía, el teatro, las artes visuales, el cine y el examen ético o antropológico han probado ser los instrumentos más eficaces para educar a los seres humanos en el espanto racional que los actos bárbaros deben inspirarnos, en aras de la continuidad de nuestra vida social.
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