En honor a la Novena Sinfonía de Beethoven, el artista modernista austriaco Gustav Klimt pintó en 1902 sobre grandes paneles figuras alegóricas que representan la añoranza de felicidad que solo se ve colmada por el mundo ideal de las artes. Hoy, cientos de miles de visitantes acuden cada año a admirar esta obra en el edificio de la Secession en el centro de Viena, en una sala subterránea que fue adaptada en 1986 especialmente para dar cabida a esta singular pintura.