Buena parte del oxígeno que la extrema derecha necesita para seguir bombeando odio procede del escándalo y la provocación. El Congreso Mundial Judío, que escogió Budapest para alertar sobre el creciente antisemitismo en Hungría, era una ocasión que el partido ultra Jobbik aprovechó para sacar a pasear sus teorías de la conspiración. Fue la semana pasada. Sabían que no pasaría desapercibido que su líder, Gábor Vona, perorara contra Israel o que Márton Gyöngyösi, el diputado que en noviembre pidió en el Parlamento que se hicieran “listas de judíos” porque representan “un peligro para la seguridad nacional”, proclamara ante 400 fieles: “Nuestro país está subyugado al sionismo. Lo colonizan mientras nosotros, los nativos, solo tenemos el papel de extras”.