Nadie duda de que se puede criticar legítimamente las decisiones del Gobierno israelí de turno. Menos que nadie los propios ciudadanos de Israel, que lo hacen con fruición porque para eso son ciudadanos de una democracia y no súbditos del tirano de turno, como la mayoría de los árabes de los países que les rodean. Precisamente por eso, muchos antisemitas se escudan en que lo suyo es mera crítica, no racismo ni nada que se lo parezca. Pero ¿cómo diferenciar unos y otros?