La primera y tensa visita de la selección alemana a Jerusalén

Antes de arrancar la Eurocopa de 2012, el 1 de junio, Joachim Löw, Phlipp Lahm, Miroslav Klose y Lukas Podolski visitaron el campo de concentración de Auschwitz. «Damos una señal para que no se repita ni olvide un capítulo oscuro de la historia de Alemania», explicó el seleccionador germano, dando voz a unas imágenes que dieron la vuelta mundo. Unas horas antes, los alemanes habían derrotado en Leizpig a Israel por 2-0 (Özil y Kroos). Aquella histórica visita no era la primera de los internacionales alemanes a un símbolo del Holocausto que unirá para siempre a las dos naciones. La primera, en 1987, a pesar de todo el simbolismo que tenía apenas tuvo eco en la prensa internacional.

La triste historia de dos muestras

Dos exposiciones coordinadas, poco felizmente tituladas Gurlitt: informe de situación, una aquí, en Berna –Arte degenerado–, la otra en el museo Bundeskunsthalle de Bonn, Alemania –Robo de arte por los nazis y sus consecuencias–, exhiben hasta el 11 de marzo 200 de las más de 1.500 obras acumuladas por el fantasmal ermitaño alemán Cornelius Gurlitt. Cuando ese tesoro saqueado saltó a la luz hace pocos años, el descubrimiento fue noticia de primera plana en los medios y le hizo la vida imposible a Gurlitt, que murió poco después, a los 81 años, dejando su colección al Kunstmuseum de Berna, y tras de sí, un reguero de preguntas sin responder.

Encubrimiento, traición y búsqueda de la verdad

El atentado contra la sede de la AMIA, que terminó con la vida de 85 personas y dejó seriamente heridas e incapacitadas a centenares de víctimas, es el hecho criminal más grave sufrido en nuestro país. Y amenazaba, increíblemente, con convertirse en el encubrimiento criminal más desvergonzado, silenciado e impune de nuestra historia gracias a las complicidades de funcionarios políticos y judiciales que estuvieron siempre más comprometidos con el poder que con la ley.

Trump y Jerusalén: ¿un audaz o un demente?

La decisión de Trump es la corrección de una extraña anomalía: todo país soberano tenía el derecho de fijar su capital, menos Israel. La pregunta no es por si la decisión es correcta, sino por su timing. ¿Qué consecuencias podría tener para la paz con los palestinos y las relaciones con los países sunitas frente al desafío iraní? ¿Puede haber violencia y muertos? Si es así, ¿valía la pena una decisión semejante, que no pasa del terreno simbólico? ¿Trump es un audaz, o un elefante demente en un bazar?