Tres milicianos palestinos mueren en Gaza al explotarles una bomba

Tres milicianos palestinos han muerto y otros ocho han resultado heridos hoy al explotar una bomba que estaban montando al este de la ciudad de Rafah, en el sur de Gaza, informaron fuentes médicas. Los milicianos pertenecen a las Brigadas de Saladino, brazo armado de los Comités de Resistencia Popular, precisó Adham Abu Selmeya, portavoz de los servicios de emergencia de Gaza. Según residentes de la localidad, la explosión destrozó un campo de entrenamiento de la milicia, y movilizó enseguida a equipos de rescate y ambulancias.

Philip Roth, un escritor polémico

Nadie diría que el resentimiento es buen consejero a la hora de impartir justicia. Días atrás, el estadounidense Philip Roth, para muchos uno de los más grandes escritores vivos, fue premiado con el Man Booker International, un prestigioso galardón con el que los británicos distinguen la obra completa de un autor. El premio en sí no fue una sorpresa, aunque vino acompañado de una suerte de modesto escándalo. En el mismo momento del anuncio, Carmen Callil, miembro del jurado, decidió renunciar con frases altisonantes, asegurando que Roth es un «emperador desnudo» que hace años «escribe lo mismo», que su obra es «como si se te sentaran en la cara y no te dejaran respirar» y que «en 20 años nadie se va a acordar de sus libros».

Hitler quería un «ejército» de perros

El régimen nazi de Adolf Hitler adhirió a una teoría de la época según la cual los perros eran casi tan inteligentes como los humanos y, en base a ello, intentó crear un «ejército» de canes capaces de hablar, deletrear y colaborar con la consolidación del Tercer Reich, según un historiador británico. Hitler amaba a los perros. Tenía dos pastores alemanes, «Blondi» y «Bella», y mató al primero poco antes de quitarse la vida en su búnker de Berlín, en 1945. Pero ahora, del libro de un estudioso británico, emerge otra historia sobre la pasión del Fuhrer por los canes: los nazis intentaron enseñar a hablar a los perros considerándolos casi tan inteligentes como los seres humanos.

La primavera del patriarca

Cuando la mañana comenzaba a asomar, un hombre de mediana edad irrumpió en el hospital de Brega, un pueblo costero de Libia. Preguntaba, con una mezcla de resignación e ira, el camino para llegar a la ciudad cercana de El Agheila. Las personas que se encontraban en el lugar trataron de persuadirlo para que no cumpliera su propósito, sabiendo de antemano que en su destino se encontraría indefectiblemente con las implacables tropas oficiales. Pero eso no parecía importarle. Su seguridad personal no era ya un problema. Hacía días que no sabía el paradero de su hijo, uno de los rebeldes que se había aventurado al frente de batalla. Sin muchas opciones, atinó a llamarlo frenéticamente a su teléfono móvil, pero nadie respondía. Y un día escuchó una voz del otro lado. Cuando preguntó por su hijo, un extraño le contestó con desdén «No, no soy tu hijo», y agregó, «si quieres ven a buscarlo a El Agheila. Ya no tiene cabeza».