De Múnich al 7 de octubre: más de medio siglo separa ambos hechos, pero una misma pregunta permanece vigente: ¿cuánto aprendió el mundo sobre terrorismo y antisemitismo? Rubén Kaplan recorre esta historia y advierte sobre la persistencia del odio contra Israel y los judíos, y sobre la necesidad de no olvidar las lecciones del pasado.
El 5 de septiembre de 1972, mientras el mundo asistía a los Juegos Olímpicos de Múnich, ocho terroristas de la organización palestina Septiembre Negro ingresaron en la Villa Olímpica y tomaron como rehenes a once integrantes de la delegación israelí.
Dos de ellos fueron asesinados en las primeras horas. Los otros nueve permanecieron como rehenes y murieron durante el fallido intento de rescate llevado adelante por las autoridades alemanas en el aeropuerto de Fürstenfeldbruck. También murió un policía alemán y cinco de los terroristas.
La tragedia conmocionó al mundo. Pero también marcó un momento decisivo en la historia del terrorismo internacional.
Por primera vez, un atentado de estas características se desarrollaba frente a las cámaras de televisión y en el escenario de uno de los acontecimientos deportivos más importantes del planeta.
Los terroristas habían elegido deliberadamente a la delegación israelí. El objetivo no era solamente tomar rehenes: buscaban convertir a los deportistas en instrumentos de presión política.
Las autoridades alemanas intentaron negociar. Israel, por su parte, había ofrecido enviar una unidad especial para intentar rescatar a los rehenes, pero la propuesta no fue aceptada por las autoridades alemanas.
El intento de rescate terminó con la muerte de los nueve restantes.
La reacción israelí
La entonces primera ministra Golda Meir rechazó cualquier concesión frente al terrorismo.
Después de Múnich, Israel puso en marcha una operación clandestina destinada a localizar y eliminar a personas vinculadas con la planificación y ejecución de atentados contra israelíes.
La operación fue conocida posteriormente como Cólera de Dios y se extendió durante varios años.
Uno de los episodios más conocidos fue la Operación Primavera de Juventud, llevada a cabo en Beirut y Sidón en abril de 1973 contra objetivos de la Organización para la Liberación de Palestina. La operación formó parte de la campaña más amplia de represalias israelíes desencadenada por Múnich.
No fue una respuesta exenta de controversias. Hubo errores de identificación y víctimas que no habían estado involucradas en la masacre.
Pero la decisión israelí transmitió un mensaje inequívoco: el Estado de Israel no estaba dispuesto a aceptar que el asesinato de sus ciudadanos quedara sin respuesta.
El mundo quedó conmocionado por la masacre, pero esa conmoción rápidamente quedó absorbida por las disputas políticas alrededor del conflicto de Medio Oriente.
Incluso los Juegos Olímpicos continuaron. Después de una interrupción de aproximadamente 34 horas y de una ceremonia de homenaje, las competencias se reanudaron.
Las familias de las víctimas, mientras tanto, tuvieron que luchar durante décadas por un reconocimiento adecuado, por la apertura de archivos y por una reparación que consideraban justa.
Recién en 2022, al cumplirse cincuenta años de la masacre, Alemania pidió formalmente perdón por las fallas en la seguridad y en la gestión posterior, mientras el Comité Olímpico Internacional volvió a rendir un homenaje institucional a las víctimas.
Cincuenta años.
Ese dato dice mucho.
Pero Múnich tampoco fue el final.
El terrorismo contra Israel y contra comunidades judías continuó durante las décadas siguientes.
En 1976, un avión de Air France fue secuestrado y llevado a Entebbe, Uganda. Israel respondió con una de las operaciones de rescate de rehenes más audaces de la historia.
En 1982, el atentado contra el restaurante Goldenberg de París volvió a poner en evidencia la vulnerabilidad de los objetivos judíos.
En 1994, el atentado contra la AMIA en Buenos Aires provocó 85 muertos y dejó una herida que todavía permanece abierta.
En 2012, un terrorista asesinó en Toulouse a un rabino y a tres niños en una escuela judía.
En 2014, cuatro personas fueron asesinadas en el Museo Judío de Bruselas.
En 2015, un ataque contra una sinagoga de Copenhague dejó dos muertos.
La nómina de atentados no cabe en un artículo.
A ellos se sumaron ataques contra comunidades judías en distintos países, perpetrados por organizaciones terroristas o por individuos inspirados por diferentes formas de extremismo.
No todos respondieron a la misma ideología. Ni tuvieron la misma dimensión. No todos estuvieron vinculados directamente con Israel.
Pero existe un hilo que atraviesa buena parte de esta historia: el odio hacia los judíos, la demonización de Israel y la utilización del terrorismo como instrumento político.
Y entonces llegó el 7 de octubre
El 7 de octubre de 2023, 51 años después de Múnich, Hamas y otros grupos armados lanzaron un ataque masivo contra Israel.
La escala fue incomparablemente mayor.
Más de 1.200 personas fueron asesinadas y 251 fueron secuestradas y llevadas a Gaza. El ataque incluyó asesinatos de civiles, toma de rehenes y ataques contra comunidades, instalaciones militares y un festival de música.
Pero hay algo que conecta ambas fechas.
En Múnich hubo rehenes. El 7 de octubre también.
En Múnich hubo israelíes asesinados por una organización terrorista. En 2023 también.
En ambos casos, civiles israelíes fueron convertidos en instrumentos de una estrategia de terror.
Por supuesto, no son acontecimientos idénticos.
Múnich ocurrió en el contexto de los Juegos Olímpicos y tuvo como protagonistas a once miembros de una delegación israelí. El 7 de octubre fue una operación militar y terrorista de una escala completamente diferente, dirigida contra comunidades enteras y acompañada por una toma masiva de rehenes.
Pero precisamente por eso la comparación resulta interesante.
No se trata de decir que la historia se repite.
Nos obliga a preguntarnos qué es lo que no cambió.
¿Aprendió algo el mundo?
La reacción internacional al 7 de octubre fue, en algunos aspectos, diferente de la de 1972.
El secretario general de Naciones Unidas condenó el ataque el mismo día y reclamó la liberación inmediata de los secuestrados. El G7 también condenó inequívocamente los ataques terroristas de Hamas y exigió la liberación de los rehenes.
Pero en Naciones Unidas reaparecieron rápidamente las divisiones.
El Consejo de Seguridad no consiguió adoptar una respuesta unificada.
Y el 27 de octubre, la Asamblea General aprobó por 121 votos contra 14, con 44 abstenciones, una resolución que reclamaba una tregua humanitaria, pero no consiguió aprobar una enmienda que condenara expresamente los ataques de Hamas del 7 de octubre y exigiera la liberación de los rehenes. Esa enmienda obtuvo 88 votos a favor, 55 en contra y 23 abstenciones.
La comparación con 1972 resulta inevitable.
Han pasado 54 años.
El terrorismo cambió.
Las organizaciones cambiaron.
Las armas cambiaron.
La tecnología cambió.
El mundo cambió.
Pero la dificultad de alcanzar una condena internacional inequívoca cuando las víctimas son israelíes volvió a aparecer.
Y esa es quizás la conclusión más incómoda que deja la comparación entre Múnich y el 7 de octubre.
No, si existió una condena mundial.
Sino cuánto duró esa condena, qué ocurrió después de ella y hasta qué punto el terrorismo contra israelíes y judíos terminó siendo absorbido nuevamente por las explicaciones políticas que pretendían encontrar una justificación en el conflicto de Medio Oriente.
Más de medio siglo después
Múnich no fue el comienzo del terrorismo contra Israel ni el 7 de octubre fue simplemente una repetición de aquel episodio.
Entre ambos hubo una larga cadena de atentados, secuestros, asesinatos y ataques contra comunidades judías e israelíes.
Pero la capital del estado federal de Baviera ocupa un lugar especial.
Porque ocurrió ante los ojos del mundo.
En una celebración deportiva.
Once israelíes fueron asesinados mientras representaban a su país.
Y la historia posterior mostró que la condena del terrorismo no siempre se traduce en memoria, justicia o prevención.
Hoy, 54 años después, recordar Múnich no debería ser evocar solamente a sus víctimas.
Es imperativo también cuestionarnos qué aprendimos desde entonces.
Porque entre Múnich y el 7 de octubre de 2023 transcurrió más de medio siglo.
Y, sin embargo, todavía hubo quienes necesitaron que las víctimas fueran israelíes para volver a discutir si el terrorismo debía ser condenado sin condiciones.
Múnich debería haber sido una advertencia.
El 7 de octubre demostró que el mundo no aprendió la lección.