En la historia judía, el título de “Justos entre las Naciones” está reservado a los no judíos que arriesgaron todo para salvar judíos durante la Shoá, y cuyos nombres fueron registrados por Yad Vashem. Ahmed al Ahmed, quien también arriesgó su vida durante el ataque de Bondi, merecería también ese título como lo tienen Oskar Schindler, Raoul Wallenberg, entre otros.
Las imágenes son difíciles de ver e imposibles de olvidar.
En la víspera de la primera noche de Janucá, mientras familias judías se reunían en Bondi Beach para celebrar la festividad, una ráfaga de disparos irrumpió en el lugar. En medio del caos, un hombre hizo lo impensado. Identificado por medios australianos e internacionales como Ahmed al-Ahmed, un comerciante de frutas de 43 años y padre de dos hijos, avanzó hacia el atacante, lo tomó por detrás, logró arrebatarle el arma larga y forzó su retirada. Ahmed fue herido y hospitalizado, pero su decisión en una fracción de segundo es considerada clave para evitar una masacre aún mayor.
Hay algo profundamente ligado a Janucá en ese momento.
No porque Ahmed sea judío —según la información disponible, no lo es— ni porque el coraje pertenezca a una sola fe o pueblo. Es Janucá porque Janucá enseña que la luz no es una metáfora: es una responsabilidad. Una vela no negocia con la oscuridad. La enfrenta.
Ahmed al-Ahmad tackles a shooter during the Bondi Beach shooting attack. December 14, 2025. (credit: screenshot/social media)
En la historia judía, el título de “Justos entre las Naciones” está reservado a los no judíos que arriesgaron todo para salvar judíos durante la Shoá, y cuyos nombres fueron registrados por Yad Vashem. Oskar Schindler, Raoul Wallenberg, Chiune Sugihara, Irena Sendler, la familia Ulma. No son solo historias del Holocausto, sino relatos de claridad moral bajo presión: ver a otro ser humano y negarse a mirar hacia otro lado.
Ahmed al-Ahmed pertenece a ese linaje moral.
El escenario es distinto. El siglo es distinto. Las armas son distintas. Pero la ecuación es inquietantemente familiar: judíos reunidos públicamente como judíos, y alguien que decide que esa visibilidad merece la muerte. Eso no es “tensión”. Eso es odio. Las autoridades australianas trataron el ataque de Bondi Beach como un atentado terrorista dirigido contra una celebración judía de Janucá.
¿Qué debe hacer el mundo judío cuando un no judío corre literalmente hacia las balas para salvar vidas judías?
Primero, agradecer. En voz alta, con claridad, sin eufemismos. Decir exactamente lo que hizo: probablemente salvó decenas, quizá cientos de vidas, al detener a un atacante en pleno ataque. La gratitud no debe susurrarse, menos aún en una época en la que la cobardía moral suele disfrazarse de sofisticación.
Segundo, honrarlo. De manera pública y formal.
Es momento de que organizaciones judías en Australia y en el mundo reconozcan a Ahmed al-Ahmed como un símbolo de lo que es el coraje cuando no está ensayado ni ideologizado, cuando nace del instinto y de la decencia. Fue herido y debió recibir atención médica tras ser baleado durante el enfrentamiento.
Y sí: el Estado de Israel también debería reconocerlo. No porque los judíos necesiten salvadores, sino porque el pueblo judío sabe identificar la rectitud cuando la ve. Israel no es solo un refugio ni una potencia militar: es también la expresión soberana de la memoria judía. Esa memoria incluye a quienes se pusieron del lado judío cuando hacerlo era peligroso, incómodo o impopular.
¿Cómo podría expresarse ese reconocimiento? Una invitación a Jerusalem. Un encuentro público con el presidente de Israel. Una distinción nacional por valentía civil. Un árbol plantado en su honor, no para replicar marcos históricos específicos, sino para reafirmar un mensaje esencial: salvar vidas judías es un acto que el pueblo judío registra, recuerda y agradece.
Esto importa por otra razón.
El ataque de Bondi Beach será utilizado por extremistas para promover culpas colectivas y odio colectivo. Ese camino no conduce a nada bueno. Los judíos saben lo que significa ser juzgados no como individuos, sino como un problema.
La historia de Ahmed es el antídoto contra ese veneno.
En cada religión hay quienes eligen la luz y quienes eligen la oscuridad. El asesino eligió la oscuridad. Ahmed eligió la luz.
Janucá no es triunfalismo. Es determinación. El milagro no fue solo que el aceite durara, sino que los judíos insistieran en encender la menorá en un mundo que prefería que se apagaran. Por eso Janucá resuena con tanta fuerza en un año en el que muchos judíos sienten que se les pide celebrar en silencio, esconder símbolos, achicarse para estar a salvo.
No. La respuesta a la oscuridad no es desaparecer. Es iluminar.
Ahmed al-Ahmed no dio un discurso. No escribió un manifiesto. No publicó consignas.
Vio judíos siendo atacados y actuó.
El pueblo judío le debe algo más que aplausos. Le debe reconocimiento, memoria y honor. Y Australia también debería asumir su ejemplo como un estándar, no como una excepción.
Este Janucá, las velas se encenderán en Sydney, en Jerusalem y en muchos otros lugares. Una respuesta ya llegó desde un comerciante que corrió hacia los disparos.
Ahmed al-Ahmed recordó al mundo cómo se ve la luz.