En el silencio de la biblioteca municipal
suena insolentemente un celular. El adolescente se quita los auriculares y
atiende: “Sí hermano, acá estoy, escuchando el Corán… sí, ya bajo…”. A
veinte metros lo espera un amigo, también con gorrita de béisbol de los
Yankees, pantalones raperos y calzoncillos que asoman por la cintura. Golpe de
palma, contrapalma y puño como ritual de saludo acompañan el obligado salam
aleykoum.
Ambos se dirigen a McOmar y piden un
shawarma con fritas y kétchup. Al lado del cajero, un cartel certifica que ahí
la carne es halal, saludable, tratada como Dios manda. No estamos ni en Beirut
ni en Bagdad ni en El Cairo, sino en el barrio parisino de Barbès, a cinco
cuadras de la basílica del Sagrado Corazón, uno de los lugares turísticos más
visitados de París y del mundo.
Gilles Kepel (París, 1955) no almuerza en
McOmar; no es musulmán pero tampoco es un francés “de pura cepa” (padre
inmigrante checo y comunista); sin embargo, es actualmente uno de los
intelectuales que mejor conoce esa Francia que hoy se ubica incómodamente en
“los suburbios del islam”, como tituló su impresionante estudio realizado en
1987 sobre la influencia del islam en Francia y sobre la realidad de los
musulmanes allí; en síntesis, sobre el nacimiento de ese islam francés, que hoy
representa la segunda religión del país.
Anduvo por escuelas, cárceles, ministerios,
sindicatos y mezquitas: Kepel supo traspasar las fronteras del escritorio
académico para ir al encuentro in situ de sus pasiones (Pasión árabe y Pasión
francesa, otras dos de sus publicaciones de 2013 y 2014) y comprender esa
religión que atrae a casi un 20 % del planeta y a un 7,5 % de franceses (5
millones), y que hacen del país de Voltaire el más importante de Europa en
población musulmana. Pero si la carrera de Kepel es el producto de más de 40
años de haber recorrido y vivido a fondo la gran mayoría de los países
musulmanes, su manejo perfecto del árabe le ha permitido ser uno de los pocos
exploradores del nuevo mundo paralelo de la blogosfera yihadista, que tanto
encandila a las nuevas generaciones. Un camino que le ha costado la amenaza de
muerte de más de un joven radical.
Algunos, desde ya, lo señalan como el “experto
islamista” del establishment, el asesor más importante y próximo al presidente
Emmanuel Macron. De hecho, antes de recibirnos para este diálogo, hace una
semana, integró la comitiva que, en viaje relámpago, acompañó al presidente
francés a Riad, para saludar al heredero saudita, el príncipe Mohammed ben
Salmane. En el último piso de la Escuela Nacional Superior de París no hay
ningún cartel que indique su oficina. Cuando la puerta anónimamente blanca y
cerrada con llave se abre, Kepel hablará junto a sus valijas, pocas horas antes
de viajar a Argentina.
–El 13 de noviembre se cumplieron dos años
de los atentados de París y Saint Denis, hechos que han marcado profundamente a
la sociedad francesa.
–Los 130 muertos han sido la mayor masacre
ocurrida en suelo francés desde la ocupación nazi. Pero ese ataque combinado
del 2015, así como el perpetrado antes contra el semanario satírico Charlie
Hebdo y un supermercado judío en enero del mismo año, o la serie de asesinatos
del 2012 cometidos por Mohamed Merah contra tres militares y un profesor y tres
niños de una escuela judía, no deben ser vistos como hechos aislados. Son el
resultado de una realidad mucho más compleja que las simplificaciones de una
islamofobia de la sociedad francesa o de las consecuencias aún vigentes de un
pasado colonial. Son la conjunción tanto de un particular contexto
internacional de mutación, especialmente ligada a Oriente Medio y el norte de
Africa, así como a la realidad actual francesa. Lo paradójico es que estos
ataques indiscriminados yihadistas de tercera generación, que buscaban
galvanizar y sublevar a los musulmanes de los barrios desfavorecidos de
Francia, han producido un efecto muy distinto del calculado. Las repercusiones
de las redes yihadistas han sido bastante críticas ya que muchas de las
víctimas fueron musulmanes. En el primer ataque en Niza, un tercio de los que
murieron atropellados por el camión fueron musulmanes; y en el ataque al
Estadio de Francia de Saint Denis, en uno de los distritos con mayor población
musulmana, si el cinturón con explosivos de uno de los atacantes hubiera
estallado, los muertos de esta religión habrían sido mucho más. No obstante, el
modelo de yihadistas 3G está declinando. Si entre Charlie Hebdo y el verano de
2016 murieron 239 personas en suelo francés en múltiples atentados, el
acorralamiento y caída del Estado Islámico y la desarticulación de varias redes
por parte de los servicios franceses han hecho que este año no haya habido
muertos en nuestro país, y que los ataques sean cada vez menos organizados y
que empleen métodos cada vez más rudimentarios (como embestir con autos, el uso
de armas blancas o garrafas explosivas, etc.).
–Usted habla de yihadistas 3G, de tercera
generación; ¿cuáles son las dos anteriores y cuál es el componente particularmente
francés de esta tercera?
–La primera generación se consolidó con la
invasión de Afganistán por parte de los soviéticos, en 1979, con permanencia
hasta 1989, cuando tuvieron que abandonar el país derrotados. Eran los tiempos
de los famosos Freedom fighters de Reagan. El yihadismo pasó a ser nuevamente
un tema internacional cuando los estadounidenses lo utilizaron contra los
soviéticos. Pero Washington hizo pagar esa intervencion encubierta a los
sauditas, y por eso hoy el príncipe Salmane dice que desde esa época estamos
presos de un espiral que no podemos controlar. Luego hubo un intento de
reproducir el mismo sistema en Argelia, Egipto y Bosnia, en ese caso el enemigo
era cercano, o sea los gobiernos árabes apóstatas o infieles de esos países.
Los tres casos fallaron. Estas derrotas hicieron pensar a personas como Bin
Laden y Ayman al-Zawahiri, quienes conceptualizaron una segunda fase atacando a
un enemigo distante, Estados Unidos, el Reino Unido, etc., y creando así un
yihadismo internacional.
–¿En cuál atentado lo fecharía usted?
–Comenzó con los ataques a las embajadas
estadounidenses en Tanzania y Kenia en 1998, y su punto cúlmine fue el ataque
del 11 de septiembre de 2001 a las Torres Gemelas en suelo estadounidense. Ese
evento digamos que fue una respuesta a la caída del muro de Berlín y el
comienzo del siglo XXI, el fin de un mundo y el comienzo de otro. Un evento
adaptado a las técnicas masivas del momento, a la televisión satelital; ellos
fueron así capaces de captar el centro del mundo mediático de aquel entonces.
En ese aspecto podríamos decir que no hay Al Qaeda sin Al Jazeera. Su objetivo
era atraer a los ejércitos de Occidente a territorio musulmán y derrotarlos
haciendo una suerte de nuevo “Vietnam musulmán”, como ya lo habían hecho con
los soviéticos en Afganistán. Esto no funcionó ni para los yihadistas ni para
los estadounidenses: Washington se centró en la ocupación de Irak, reemplazando
a Sadam Hussein, un dictador originario de la minoría sunita iraquí, por un
gobierno que representa a la mayoría chiita. Resultado: Irak hoy se ha volcado
hacia la órbita iraní y chiita. Esta derrota de la segunda fase hizo pensar al
técnico sirio Abu Musab al-Suri, que estudió en Francia e Inglaterra y se casó
con una española, y se formó en Afganistán. Él supo adaptar el yihadismo a la
globalización y a la influencia directa de las nuevas redes sociales, Facebook,
Twitter, etc. Esta tercera fase hay que entenderla no tanto como una
organización sino como un sistema que se apoya en conexiones en redes y que
apunta a las juventudes europeas y occidentales, de orígenes musulmanes o
convertidas recientemente al islam, que están dispuestas a actuar a nivel
local, de manera independiente o coordinadas con lo que ocurre en Oriente
Medio. Su punto culminante será la creación del Estado Islámico y los ataques
en Francia, realizado por comandos franco-belgas, de origen musulmán o
convertidos, formados en Oriente Medio y que volvieron para actuar en suelo
europeo. Pero esta tercera generación está también ahora declinando porque no
son gente muy bien formada y porque los servicios de inteligencia,
especialmente los franceses, los están desmantelando. En países con servicios
de inteligencia menos centralizados, como Alemania, España, Inglaterra o
incluso Estados Unidos, están recurriendo a elementos más rudimentarios como
lanzar autos contra la gente, como el último ataque en Nueva York donde
murieron cinco argentinos, víctimas de este combate que está muy alejado de la
realidad de la Argentina pero que desgraciadamente muestran que es un fenómeno
mundial.
–¿Es correcta la idea de que en este tipo
de terrorismo se involucran personas desclasadas o frustradas, “loosers” que se
radicalizan en solitario frente a sus computadoras, sin una ideología fuerte de
fondo?
–No, hay una base ideológica muy fuerte que
se viene estructurando en los últimos 30 o 40 años, que pasa por la ideología
del salafismo. Esta corriente, ligada a las petromonarquías del golfo
arabo-pérsico, plantea una ruptura cultural profunda con los valores
occidentales, al mismo tiempo que marca una diferencia tajante con los que
ellos consideras como “falsos” o “malos” musulmanes. Precisamente ahora estamos
presenciado los límites de ese modelo y donde las petromonarquias están
buscando alternativas y planteando cambios. Pero esos cambios también están
derivando en un confesionalismo del conflicto intramusulmán: para Al Qaeda la
confrontación contra las minorías chiitas no era uno de sus objetivos
principales, para el Estado Islámico sí.
–Pero también hay un componente local,
franco-francés, digamos. Se calcula que un tercio de los supuestos 800
franceses que fueron a luchar con el Estado Islámico (el mayor contribuyente de
la Unión Europea) ni siquiera eran de origen musulmán ni estaban ligados al
pasado colonial francés, muchos eran convertidos. Sorprendentemente, muchas
eran mujeres.
–Es que este salafismo-yihadismo de tercera
generación va a darles un sentimiento de pertenencia e identidad a personas que
no están satisfechas con sus vidas, a gente de origen argelino o marroquí con
un pasado de delincuencia (una población francamente sobrerrepresentada en la
prisión). Como reclusos, encontraron a predicadores en las celdas que los
captan diciéndoles que es la sociedad la que los puso ahí, no sus crímenes, y
que la forma de salir y redimirse es a través de la guerra santa y la
violencia. Es un problema importante esta articulación entre la problemática
social y política de marginalización y la falta de acceso al trabajo, y esa
ideología que fabrica héroes negativos. Por eso hay que tratar el síntoma del
problema con políticas antiterroristas, pero al mismo tiempo hay que atacar las
causas sociales. También está presente en este fenómeno un componente de
revanchismo de la historia colonial, que yo prefiero llamar retrocolonial y no
post colonial, ya que es una reinterpretación de lo ocurrido desde un punto de
vista reivindicativo.
–¿ Y la psicología cómo juega en todo esto?
–Es muy interesante cómo se articula aquí
hasta el mundo fantástico y fantasmagórico de los juegos de video… Hay una
semejanza sorprendente en los videos de extrema derecha y aquellos que apelan a
la yihad. En ambos encontramos una mezcla y confusión entre el mundo real y el
virtual. La decapitación es para algunos una especie de juego de video. El
vocabulario que utilizan organiza el mundo en categorías que eliminan toda
distinción moral, y donde matar en la vida real es semejante a eliminar un
avatar en un juego de guerra.
–En sus estudios sobre la blogosfera
yihadista, en Internet, usted mostró que para el imaginario de muchos de los
jóvenes que siguen al Estado Islámico, Israel es la prueba de que se puede
crear un Estado religioso. Por primera vez el conflicto palestino israelí pasó
a un segundo plano.
–Hoy Israel se encuentra en una posición
completamente nueva. Hasta ahora el conflicto árabe israelí era el punto más
irritante de la región, pero ahora se encuentra ante sus fronteras con
elementos radicales sunitas y chiitas que combaten entre sí, desviando la
atención del otro conflicto tradicional. Por el momento, Israel está
discretamente del lado sunita contra Irán, pero es una alianza que también
puede cambiar porque por ahora el gobierno iraní tiene un discurso antiisraelí,
pero sus intereses estratégicos a largo término no son particularmente
antiisraelíes.
–A nivel geopolítico, ¿cómo se ve el tema
de Oriente Medio?
–Estamos ante un gran período de
recomposición, donde los estados de la región están midiendo sus fuerzas y
debilidades. Un claro ejemplo es este flamante despertar de Arabia Saudita,
cuyo príncipe ha decidido comenzar a actuar para intentar hacer un Estado mucho
más centralizado y eficaz. Estamos realmente ante una Guerra Fría
intermusulmana que está reestructurando la región de Oriente Medio. Justamente
lo que va a intentar hacer Francia es funcionar como mediadora y recrear un
diálogo en la región porque para París, la violencia en Oriente Medio es tema
de política exterior, pero también un cuestión de política interna.
–Si hay un lugar donde un gobierno puede
decir “acá no pasó nada, no hubo primavera árabe alguna” es el régimen sirio.
El dictador Basher al-Assad sigue ahí.
–Sí, pero los que ganaron en Siria son los
rusos, no hay ninguna duda de eso. El tema es que para la reconstrucción será
indispensable el capital exterior, y políticamente ninguno de los actores
actuales tiene el poder de actuar solo ni de imponerse a los demás. Los
recientes movimientos democráticos en África del Norte y Oriente Medio han
fallado quizás porque las clases medias que los generaron no fueron capaces de
movilizar y captar a las juventudes pobres de la región.
Andrés Criscaut es sociólogo; argentino
residente en París.
Las evoluciones del terrorismo yihadista
21/Nov/2017
Clarín, Revista Ñ, Por Andrés Criscaut